CONVERSEMOS DE TANGO, UN LIBRO QUE DEBES LEER

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CONVERSEMOS DE TANGO, UN LIBRO QUE DEBES LEER

Toda la narrativa histórica del tango argentino en tres tomos (en español). Los volúmenes I y II tratan de los orígenes del tango, su trastienda social y su época de oro, la pasión del baile y la poesía conmovedora del tango-canción. Por su parte, el volumen III contiene las letras completas de los tangos más conocidos, incluidos comentarios y anecdotarios junto a un breve diccionario lunfardo, la jerga picaresca del arrabal, la cual está integrada en muchas de las letras de tangos y milongas.

Además, los(as) lectores(as) podrán “escuchar la música en el texto” de casi todos los tangos que aparecen en el libro, gracias a los QR Iconos que se incorporan en sus páginas.

 

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EL HUMOR EN EL TANGO

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EL HUMOR EN EL TANGO

Si bien la mayoría de los tangos son más bien tristes, melancólicos y con tonos dramáticos cuando de amor se trata, también muchos de ellos incorporan el humor en sus letras. Sobre este tema, el Dr. Lázaro Wisnia explica que: “Como ya se ha mencionado, el tango es el reflejo de la vida del arrabal, de los barrios pobres y de esa vida de miseria. En las primeras décadas del tango, en el ámbito del Río de la Plata, todo era miseria, pobreza y mucho sufrimiento, como para llenar enciclopedias. Pero también hay un sabor distinto al del “arrabal amargo” tan típico del tango. La prehistoria del tango está llena de versos picarescos, muchos de ellos burdos y sin calidad. Pero luego, las letras de humor marrullero florecieron allá por los años 80. Efectivamente, en sus comienzos en realidad el tango fue más bien un canal del humor popular, con los chistes y anécdotas propios de la época, con mucho lenguaje procaz, que en parte persistió con ese sentido del humor en las décadas posteriores, paralelamente a la tragedia de la vida, por decirlo de alguna manera. Un poco por sus orígenes, un poco por sorda repetición, el público se fue haciendo la idea de que el tango es sinónimo de tristeza, melancolía, dolor, frustración”.

Lo anterior queda demostrado en letras de tangos muy populares escritos por grandes autores, donde se caracterizan personajes de la vida cotidiana resaltando sus defectos y modos de convivencia, o la picardía de otros tantos, como, por ejemplo, en el tango “Garufa” (de Roberto Fontaina y Juan A. Collazo), que narra la vida, a modo de sorna, de un joven dado a los placeres de la jarana: “Del barrio La Mandiola sos el más rana/ y te llaman Garufa por lo bacán;/ tenés más pretensiones que bataclana/ que hubiese hecho suceso con un gotán”. Otros casos son los tangos “Al mundo le falta un tornillo” (de Enrique Cadímaco y José María Aguilar); “El hipo” (de Enrique Alessio y Reinaldo Yiso). Y así muchos más. Acá les dejamos con el tango “No es por hablar mal” (de Manuel Romero y Enrique Delfino) en la voz de Tita Merello:

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EDMUNDO RIVERO Y ROBERTO GOYENECHE, DOS LEYENDAS

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EDMUNDO RIVERO Y ROBERTO GOYENECHE, DOS LEYENDAS

En la foto: De izquierda a derecha, Roberto Goyeneche (1926-1994) y Edmundo Rivero (1911-1986). 

Edmundo Rivero (1911-1986) y Roberto Goyeneche (1926-1994), son dos de los cantantes más significativos de la historia del tango, tanto por sus modos escénicos como por sus peculiares voces y estilos de interpretación. Cada uno dejó su sello personal en tangos que en sus voces alcanzaban la máxima expresión. Ambos trabajaron con grandes músicos y directores, entre ellos Horacio Salgán, Astor Piazzolla y Aníbal Troilo, manteniendo con este último un vínculo muy especial. Con Troilo (“Pichuco”) Rivero (el “Gaucho”) y Goyeneche (el “Polaco”) conquistaron grandes éxitos. Sobre esta relación, Eduardo Berti, ha señalado en la versión online de  revista Caras y Caretas: “El nivel de los cantores de Troilo es siempre muy alto, pero ellos dos llegan a conquistar un estatus mayor. En cuanto se habla del posible heredero de Gardel aparecen, casi siempre, los apellidos de Rivero y Goyeneche” (…) “Goyeneche es símbolo de porteñidad. Rivero es lunfa, reo, barrial, pero también un “cantor nacional” (…) “Troilo, al tomar a Rivero, hace que el tango adopte a un cantor que parte del público tanguero no estaba dispuesto a recibir. El gesto osado de fichar a ese cantor con fama de feo y con voz muy grave marca un antes y un después en la noción de vocalista de tango. Con Rivero, recluta a un cantor nada típico para una típica. Alguien que es, además, guitarrista, letrista y compositor” (…) “Rivero es el cantor que corona la década del 40 de Troilo. Goyeneche, el cantor que sobresale en la década del 50 de Troilo. Rivero y Goyeneche versionan los tangos con tanta identidad que luego de sus versiones sus colegas de canto hacen un paréntesis de impotencia y admiración. Homero Expósito le decía al Polaco: “No me cantés más tangos así, tan bien, poniendo los puntos, las comas y los silencios, porque después nadie más me los interpreta”. Rivero fascina más a los tradicionalistas; Goyeneche, a los progresivos y a los jóvenes”.

Grandes voces que compartieron, y continúan haciéndolo, el afecto de los amantes del tango, cada uno en su propia expresión, porque más allá de si uno u otro fue mejor, asunto por lo demás inconducente, han sido parte de la expresión máxima del tango. Voces inolvidables que no cesan de cantar.

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PIAZZOLLA Y LA RENOVACIÓN DEL TANGO

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PIAZZOLLA Y LA RENOVACIÓN DEL TANGO

La aparición del músico y bandoneonista Astor Piazzolla (1921-1992) significó una nueva etapa en el tango, dando paso a una novedosa propuesta musical que si bien en un principio fue criticada por sectores de la antigua guardia, terminó por imponerse. En ese sentido fue bastante complicado lograr que su propuesta pudiera ser considerada, pero finalmente se impuso su calidad musical, llegando a ser destacado como uno de los músicos más notables del siglo XX. En su oportunidad, sobre las críticas, Piazzolla expreso: “Sí, es cierto, soy un enemigo del tango; pero del tango como ellos lo entienden. Ellos siguen creyendo en el compadrito, yo no. Creen en el farolito, yo no. Si todo ha cambiado, también debe cambiar la música de Buenos Aires. Somos muchos los que queremos cambiar el tango, pero estos señores que me atacan no lo entienden ni lo van a entender jamás. Yo voy a seguir adelante, a pesar de ellos”. Y así fue, siguió adelante, dejando a su paso composiciones notables como “Adiós nonino”.  “Balada para un loco” en conjunto con Horacio Ferrer, “Los pájaros perdidos”, “Balada para mi muerte”, etcétera. También compuso suites, operetta, conciertos y música para películas. Así como música para piano y guitarra.

En su carrera Piazzolla fue parte importante de la orquesta de Aníbal Troilo hasta que se marcho en 1944 para tomar rumbos propios. En 1954 viajo a Europa donde realizó estudios con Nadia Boulanger, la gran maestra francesa, cuya influencia fue fundamental. Ya de regreso en Buenos Aires formó el “Octeto de Buenos Aires”. En sus composiciones incorporó elementos del jazz, swing, música clásica y contrapunto. El Octeto funcionaba con bandoneones, violines, violoncello, contrabajo y un instrumento que nadie esperaba, la guitarra eléctrica. La crítica no se dejó esperar y Piazzolla fue motejado incluso como “el asesino del tango”. En 1958 viajó a Estados Unidos donde grabó dos discos de “jazz-tango”, como los definió. Posteriormente formó el “Quinteto Nuevo Tango” y “Nuevo Octeto”, grabando sus principales composiciones y alcanzando gran popularidad, atrás iban quedando los días de brutal crítica a su novedoso estilo de hacer música para tango. En 1967 comienza su trabajo con el poeta Horacio Ferrer, dando a luz notables creaciones.

Tras unos años en Italia, Piazzolla volvió a Buenos Aires, pero permaneciendo en viaje por distintos lugares del mundo y acrecentando cada vez más su fama. En 1990, estando en París sufrió una trombosis de la que no logró recuperarse, falleciendo finalmente en Buenos Aires el 4 de julio de 1992, como en el tango “Balada para mi muerte”: “Moriré en Buenos Aires, será de/ madrugada./ Guardare, mansamente, las cosas de vivir./ Mi pequeña poesía de adioses y de balas,/ mi tabaco, mi tango, mi puñado de splin./ Me pondré por los hombros, de abrigo,/ todo el alba;/ mi penúltimo whisky quedará sin beber./ Llegará tangamente, mi muerte enamorada,/ Yo estaré muerto, en punto, cuando sean/ las seis”.

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RECORDANDO AL VARÓN DEL TANGO: JULIO SOSA

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RECORDANDO AL VARÓN DEL TANGO: JULIO SOSA

En la foto: Julio Sosa.

Aparte de Carlos Gardel, considerado el más notable de todos los cantantes de tango, surgieron a lo largo del siglo XX otros intérpretes de considerable registro, siendo uno de ellos, sin duda, Julio Sosa, apodado “El Varón del Tango”. Sosa, fue contemporáneo de otros notables como Hugo del Carril, Libertad Lamarque, Tita Merello, Roberto Goyeneche y Edmundo Rivero. En la discografía tanguera quedaron en el oído colectivo sus particulares interpretaciones de tangos como “Nada”, “Cambalache”, “Mano a mano”, “En esta tarde gris”, “La cumparsita” y “Rencor”, entre otros.

Nacido en La Piedras, Uruguay en 1926, desarrolló una destacada carrera como cantante, principalmente en Buenos Aires, donde falleció en un accidente automovilístico en 1964, encontrándose en la plenitud de su desarrollo artístico. En 1964 también filmó la película “Buenas noches Buenos Aires”, bajo la dirección de Hugo del Carril.

Antes iniciarse como solista, Sosa trabajó para varias orquestas, como la de Francini-Pontier y Francisco Rotundo, para luego iniciar un trabajo con Leopoldo Federico dando paso a importantes grabaciones. En su libro Conversemos de tango, Lázaro Wisnia cuenta, en relación al vínculo orquesta-cantor, que: “Se llamó Binomios tangueros a la combinación de una orquesta típica y su cantante, que en los primeros años era solo un instrumento más en la orquesta, no como lo sería más tarde el cantante solo, como el caso de Roberto Goyeneche o de Julio Sosa, por ejemplo, que revirtieron los roles, teniendo a la orquesta como su acompañante”.

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